En la Mira


René Montes de Oca.-

El lamentable suceso de hace ocho días, que enlutó nuevamente a una apreciable familia colimense, debe ser motivo de una seria reflexión. Siendo honestos, se necesitaría mucha fuerza moral para opinar acertadamente al respecto, emitir un juicio sobre esta tragedia resulta difícil, no podemos incursionar en el campo de la moral, cuando vivimos en una sociedad decadente; además, aplicar la justicia en toda la extensión de la palabra, no ha sido posible a la fecha en ninguna nación del orbe, nadie se puede jactar de aplicar penas capaces de reparar el daño que se causa, ya que en estos casos, nada es compensable; los acontecimientos son irreversibles, el mal se ha perpetrado y la sanción solamente satisface la parte menos noble de los corazones afligidos, las heridas causadas por hechos horrendos, solamente en el campo de la divinidad encuentran una equitativa valoración.

Fue la adversidad la que ahora nos impacta al involucrar a gente del medio político, económico y social reconocida; sin embargo, casos como éste se están dando en Colima con bastante frecuencia. Hace unos meses, me llamó la atención el espeluznante asesinato de una mujer en Cofradía de Juárez, la cual fue macheteada cobardemente, pero en esa ocasión por tratarse seguramente de una desconocida, no hubo aspaviento, es más, ya no recuerdo ni el nombre de la víctima. Este caso, como tantos otros, se minimizó y muchos más, ni siquiera se han dado a conocer a los medios.

Ya han surgido voces proponiendo que se declare una alarma de género, pero no ha sido posible establecerla, cuidando más la imagen política que la seguridad del sexo débil, que en verdad se ha visto hostigado en estos tiempos.

Pero la alarma en esta convivencia en descomposición que vivimos, debería enfocarse al cambio de actitudes de todos nosotros. La humanidad se está haciendo pedazos, se encuentra en manos del desorden, completamente vulnerable al mal. Pero, ¿funcionaría la pena de muerte? ¿Acaso valdría la pena una nueva Ley del Talión?

Lamentablemente, la justicia terrenal la manejan los poderosos y no es equitativa. Nadie ve bien la pena de muerte injusta aplicada a emigrantes que incurren en delitos en los Estados Unidos, mucho menos aceptamos que a policías sanguinarios que acribillan a nuestros paisanos en las fronteras se les juzgue con ligereza. Pero qué podemos hacer, si ni la voz del Vaticano influye en la forma tan dispareja de juzgar de parte de nuestros queridos vecinos del norte.

En estos casos horrendos, de nada sirven nuestros puntos de vista, los intereses valen más que las razones. ¿No sería mejor que el arribista y muy cuestionado director de cine de origen Mexicano que recientemente obtuvo un Oscar, entrevistara a Obama sobre la política migratoria, en lugar de estar echando de palos a nuestra nación? Pero todo contra el débil, al poderoso hay que ponderarlo y máxime cuando humillantemente y a regañadientes nos ofrece un lugar en la pasarela frívola de la Meca del Cine.

Lamentablemente, todas las acciones se politizan y este fenómeno impide tomar las actitudes más recomendables, el sentido común se hace a un lado para darle prioridad al cuidado de la imagen.

Pero, desgraciadamente, para que las cosas se estén manejando de esa manera equivocada en nuestra entidad, influye la tendencia de las corrientes de oposición política, que poco aportan, pero si utilizan los hechos, tomándolos como bandera, como si el error nada más fuera de la clase en el poder, a la que siempre buscan exhibir.

Por una parte, el gobierno abusa del sigilo para cuidarse de los detractores cobardes, quienes morbosamente siempre están a la caza de sucesos impactantes, acontecimientos que indignen, pero no para coadyuvar buscando soluciones a la problemática, sino para de inmediato arremeter contra los responsables de la seguridad pública.

La verdad, la moral es la que está sumamente baja en todos los ámbitos. Ningún ciudadano nos encontramos en situación de lanzar la primera piedra, todos tenemos cola que nos pisen. ¿Por qué entrevistar al político destacado o al connotado personaje sobre los horrendos hechos del sábado en Villa de Alvarez? ¿No vemos acaso a encumbrados protagonistas de la política, las iglesias, las empresas, las organizaciones, los partidos, los sindicatos y demás agrupaciones del país, como protagonistas en hechos bochornosos? ¿Serán nada más los jóvenes los que requerirán valores morales?

Resulta doloroso enfrentar situaciones tan crueles como la registrada en Villa de Alvarez, más penosas aún por la alta estima en que se tiene a la familia de un político inolvidable, que fue gente de bien, caballeroso, educado y de buenos principios.

Pero la realidad es que a cada momento nos encontramos con una juventud que causa lástima por su desorientación, abandono e incomprensión. Todos quisiéramos que al instante, el peso de la ley cayera intensamente sobre el muchachito, pero ¿no sería prudente recordar en estos momentos críticos, aquella frase de Jesús: “Perdónalos, no saben lo que hacen”?

No, de ninguna manera pretendemos solapar el horrendo doble homicidio, simplemente buscamos un espacio en nuestras conciencias, suficiente para darnos el valor moral de apreciar los hechos con prudencia, tolerancia y madurez; ver las cosas sin apasionamientos, abrir los ojos en busca de la verdad, ya que ésta es el único camino divino que nos conduce a la justicia.

La realidad es que nos falta mucho valor para aceptar nuestras culpas, ponernos en los zapatos del inculpado, hacer votos porque la civilidad nos permita obrar con cordura, sacudirnos odios y resentimientos, aceptarnos tal y como nos vemos en el espejo que refleja la triste imagen del chico sanguinario.

¡Qué faltan valores morales!, ya no es novedad, lo sabemos de sobra, pero no se busca la voluntad colectiva para encausar nuestra conducta. Si los de arriba ponen el ejemplo, no se puede esperar mucho de los de abajo. Vamos siendo honestos con nosotros mismos, aceptar que estamos integrados a la gran cadena de descomposición social y ésta es tan fuerte, que los intentos por frenarla solamente exhiben impotencia y ponen al descubierto más lodo. Nos debe entristecer mucho lo ocurrido, porque nos ha dado margen para descubrir la realidad en que nos encontramos, exhibiendo nuestras bajezas, solamente para comprobar que traemos muchísima más carga de perversidad, codicia e irresponsabilidad que la que en realidad pensábamos tener.