En la Mira


LAS CONDICIONES DE GOBERNABILIDAD EN COLIMA

René Montes de Oca

Un buen gobierno necesariamente debe cumplir con las condiciones que reclama la gobernabilidad, que es el estado ideal con capacidades para desarrollar acciones y poner en marcha sus políticas.

La autoridad debe tener independencia para construir el orden social. Para tal fin, resulta sumamente importante la dirección que tome la economía, así como el fortalecimiento de la sociedad civil. La gobernabilidad va de la mano con un armónico involucramiento de todos en el sistema productivo, para ello se requieren estrategias y políticas bien orientadas.

En el poco tiempo que lleva en funciones la administración que encabeza José Ignacio Peralta Sánchez, nos preocupa que se hable con cierto fondo de perversidad especulativa sobre la tendencia a la ingobernabilidad en nuestro estado. Esta, naturalmente no existe, no debemos confundir situaciones, es nuestro deber tratar de ubicar las cosas en su exacta dimensión. No son buena las apreciaciones superficiales, muy dañino resulta el amarillismo y condenar los trabajos del sexenio actual severamente, resulta injusto.

Nuestro mandatario no acierta mucho en política porque no es su fuerte. Es un tecnócrata de primer nivel. Hace unos días declaró en entrevista exclusiva a nuestro rotativo, que se había preparado mucho para gobernar. Ya desde mucho antes fue su aspiración llegar al lugar en el que ahora se encuentra. Naturalmente que se ha topado con muchas dificultades, sinsabores, frustraciones y decepciones.

Es que la política de manual es sumamente diferente a la práctica que se fundamenta, más en aptitudes y destrezas que ya son naturales en aquellos que con facilidad se desenvuelven en esta difícil actividad. La historia ha registrado brillantes carreras políticas de figuras poco académicas. La política implica carácter, temple, sensibilidad, carisma, prudencia, perseverancia, habilidad y sobre todo, una serena madurez, espíritu conciliador, humildad y valores morales.

Si bien nuestra entidad está pasando por momentos difíciles, no se corre el riesgo de una ingobernabilidad, ¡vivimos en un ambiente agradable, hospitalario y generoso! Los colimenses no somos malvados y ese privilegio habla muy bien de la estabilidad que en medio de tanta inseguridad, seguimos conservando para bien de todos.

En la capital, aún es posible sentarse en la banqueta afuera de las casas a recibir el fresco de la noche costeña, como tradicionalmente ha sucedido. Es parte muy bonita de nuestra cultura la confianza que tenemos, porque lucimos un pecho sano, nuestra conciencia no nos atormenta.

Mi hábito más sublime es visitar todas las noches a mi madre para sentarnos afuera de su casa, a ver pasar la gente, a recibir el saludo amable, el ¡adiós, maestra!, de muchos automovilistas y peatones, que con nuestra cansada vista casi nunca identificamos, pero son voces amigas, ex alumnos agradecidos, gente de bien que con su grito efusivo estimulan a los veteranos que salimos a eso, a recibir ánimo, confianza, camaradería… ilusión de vivir. Esa es la convivencia solidaria colimense que no debe eclipsarse con cifras ni estadísticas. La paz social en Colima la medimos con el corazón, la registramos en el alma y ahí queda diáfana y pura, sin necesidad de cámaras de seguridad atrofiadas e inservibles.

Sin embargo, a nivel nacional se habla de que el hartazgo puede desembocar en una ingobernabilidad. Nuestra economía anda muy mal, la sociedad social pierde el rumbo en un clima de riesgosa confusión.

Ignacio Peralta debe poner todo su empeño en gobernar bien, no por el riesgo de que se llegue a un estado de ingobernabilidad, pero sí para configurar una mejor imagen de una entidad que está perdiendo figura por falta de buen trabajo político.

Se están dando condiciones no muy recomendables para el logro de resultados satisfactorios. Las finanzas andan mal, el comportamiento de nuestra economía es preocupante y la sociedad pierde orientación harta de errores garrafales, actitudes viciadas, políticas públicas poco acertadas.

Nuestra estructura política, más inconsistente que nunca, necesita con urgencia notables cambios, mayor formalidad, firmeza en lugar de titubeos. Urge confiabilidad ciudadana, credibilidad fundamentada en proyectos bien planeados que erradiquen para siempre la improvisación. Se necesita mucha fortaleza para lograr confianza en el régimen, dejar de estar a merced de movimientos especulativos, oportunistas y perversos. La institucionalidad debe prevalecer sobre la urdimbre política, el buen manejo financiero garantizar una estabilidad económica seria y confiable, y la previsión responsable destierra males crónicos que evidencian pobreza moral, malos manejos y vicios arraigados que en ocasiones se asocian a delitos bochornosos que llenan de vergüenza a la nación.

Trascendió que a un llamado gubernamental de alto nivel, al fin se afinarán las políticas locales. Que los partidos dejarán de dar traspiés perdidos en el descontrol interno, los grupos políticos se someterán a la disciplina institucional, los actores dejarán a un lado el protagonismo indigno, fortaleciendo la discreción en la tarea correctiva de sus errores y malas acciones. En pocas palabras, que la práctica política será ordenada y seria, para solamente así llegar al 2018 en condiciones óptimas de ofrecer resultados dignos, fortaleciendo nuestro sistema tan deteriorado y de paso, colocándonos en una situación de gobernabilidad absoluta, respetando lo más sagrado de un conglomerado social, su dignidad cívica, su patriotismo y su determinación absoluta encaminada a que México sea más grande, fuerte y generoso.

Esta medida de corregir el rumbo es nacional. La retahíla de actores políticos que en el escaparate mundial nos están ofendiendo con sus actitudes, las persecuciones espectaculares y morbosas que el Estado mexicano ha instrumentado en medio de una dañina indiscreción, las auditorías y demás trabajos de revisión de cuentas, en lugar de beneficiarnos nos están dando fuertes golpes. No son para nada correctivas, propician más impunidad, generan mayor hartazgo ciudadano y dividen a los actores y partidos, conduciéndonos a un verdadero descalabro rumbo a un evento tan importante como lo es la elección presidencial del 2018, a la cual a estas alturas no le vemos ni pies ni cabeza. Eso no es ingobernabilidad, pero sí representa una crisis nacional sumamente preocupante que demanda atención, enérgica, responsable, buen gobierno y muchos trabajo institucional.

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