En la Mira


DIFICIL CONTROLAR LA VIOLENCIA EN COLIMA

 

René Montes de Oca

 

El malestar de la población sube de tono al no ver un trabajo eficiente que realmente muestre avances en el tema de la seguridad pública. Estamos mal, saturados de problemas y por ningún lado se ven aciertos ni políticas inteligentes, que por lo menos muestren voluntad y sentido común de parte de quienes tienen bajo su responsabilidad pugnar por el orden y la paz social en Colima.

Es difícil, pero no imposible, mostrar actitudes diferentes. Malo es continuar en las mismas prácticas de siempre, tan criticadas por su poca efectividad.

Un error es llenar las cárceles. Convertir los centros penitenciarios en hacinamientos promiscuos, verdaderos focos de infección delincuencial, una especie de escuelas en donde internos en condiciones de una posible reorientación, se contaminan, agravando el potencial delincuencial que se convierte en un verdadero monstruo incontrolable.

Vemos con tristeza la forma en la que la violencia sube de tono. El completo abandono en que se tiene a la población en cuestión de seguridad ha obligado a los habitantes a tomar medidas de vigilancia extrema, incluso a asumir posturas agresivas de autoprotección, buscando las garantías que las autoridades no dan muestras de ofrecerle.

Son muchos los comerciantes que ya duermen en sus negocios, colonos que colocan mantas advirtiendo a los ladrones que no intenten afectar sus barriadas. La gente se está organizando, buscando su seguridad al no ver un trabajo policial efectivo.

No se necesita ser un experto en materia de seguridad para percibir que en las altas esferas delincuenciales hay pugnas, se están disputando la plaza, dicen los enterados. Pero el problema que realmente preocupa a la ciudadanía que no entiende el comportamiento de la mega delincuencia, son los hechos registrados cotidianamente y con suma frecuencia por las calles de las ciudades, en el medio rural y hasta a la vuelta de la esquina, los más cercanos a la gente común y corriente que reflejan la situación en que se encuentra la población pacífica, esa ciudadanía que reclama garantías y paz social, sin meterse para nada a opinar sobre el tema grave y riesgoso de la problemática con el crimen organizado, menos se interesa en las acciones que las autoridades emprendan sobre el narcotráfico, el contrabando y otros delitos de alto impacto, que para nada han desgastado la tranquilidad del pueblo.

Afortunadamente, se ha visto que en los ajustes de cuentas y demás maniobras del crimen organizado, es una norma que rige el respeto a la población que no se mete con ellos. El problema para la ciudadanía pacífica es padecer a los maleantes de poca monta, cuyo alto índice delictivo no es otra cosa que el resultado de la falta de cultura, desesperanza, pobreza extrema, desempleo y total olvido en el que se les ha mantenido siempre. Las adicciones, el pandillerismo y la vagancia se han posesionado de las barriadas más vulnerables en donde prevalece un ambiente carente de afecto familiar, malos ejemplos y lamentablemente, en muchas ocasiones, la irresponsabilidad de sus progenitores.

Urgen medidas preventivas que eviten esas penosas redadas de delincuentes en potencia, éstos ya no caben en los reclusorios. El problema no se resuelve encerrando gente humilde, hambrienta y desorientada; daría mejores resultados encausarlos y someterlos a disciplinas bajo una vigilancia constante y extrañamientos enérgicos. Vigilar para evitar, no reprimir y corromper.

El patrullaje eficiente, los policías de barriada, las casetas en lugares estratégicas, la movilidad del gendarme tradicional, son medidas de antaño que funcionaron con eficiencia; pueden ser ahora un acierto para controlar el orden comunitario, el que la población reclama con urgencia. Ya las cuestiones de mayor envergadura se reflejan en hechos espeluznantes y lamentables. Esas cuestiones en las que se ven involucrados hasta personajes que deberían ser respetables.

En realidad, a la población, independientemente de apenarla, no le afectan tanto como el robo a comercios, los autos desaparecidos del estacionamiento, los bolsos arrebatados a la dama al salir del banco, los robos en cajeros, la violencia intrafamiliar y tantos delitos que ameritan una atención especial, ya que son los que alteran la paz social.

En una palabra, que se vea la presencia de los guardianes, que cumplan con su misión de vigilar el orden público. Ya los problemas mayores que los traten y resuelvan los expertos en la materia, teniendo el cuidado de no afectar a una población que nada tiene que ver con esos asuntos de la alta escuela delincuencial, que según se escucha trabaja a través de carteles nacionales y hasta internacionales.

Aquí lo que demandamos con urgencia es la prevención de la violencia cotidiana, el crimen circunstancial, el robo a casa habitación, el hurto, el fraude, el zafarrancho urbano, el vicio practicado en vía pública, las faltas a la moral y al orden. Con eso que resuelvan los funcionarios de la actual administración, tenemos más que suficiente.

Por lo menos queremos ver que se incremente el patrullaje por las zonas más afectadas por la vagancia y el pandillerismo, por esas calles y andadores que ahora parecen “tierra de nadie” y a donde la policía no entra para nada.