En la Mira


René Montes de Oca.-

No debemos permitir que la celebración del Día del Trabajo caiga en una simple rutina, que se convierta en un desfile ordenado e intrascendente, en un acto protagónico y politizado. El primero de mayo debe significar para el movimiento laboral mexicano la revitalización de su espíritu, un evento colmado de fortaleza, un aliciente para seguir en una lucha de clases que fructifique en el justo bienestar social, en una equitativa distribución de la riqueza, en la práctica de una democracia plena en todos los ámbitos.

Si bien en un principio la organización de esta marcha recayó en un partido político, ahora el sindicalismo del país es tan fuerte y cuenta con tan ejemplar estructura, que debe reclamar la responsabilidad de ser el que convoque a esta fiesta cívica, para transformarla, convirtiéndola en una marcha digna de trabajadores, completamente ajena a políticas electorales, divorciada de populismos, demagogia y exhibicionismo snobista aburguesado.

México demanda la unidad de todas las corrientes laborales del país, urge que las diferentes tendencias ideológicas se encausen a la noble tarea de buscar la justicia social, el bienestar de los trabajadores y sus familias. Como que falta que la celebración sea un verdadero sarao, que huela a sudor, a entrega responsable, a patriotismo, a genuina expresión; que sea una conmemoración que exhiba, que refleje la problemática actual, que deje bien claras las aspiraciones de una clase que es víctima en algunos casos de la marginación, que muestre inconformidades, que se resista a una agonía lucha, que no acepte el conformismo ni el temor.

El muy trillado recuerdo de los mártires de Chicago, las luchas de Cananea y Río Blanco, como que no se ve reflejado en la deslucida y hueca ceremonia acostumbrada y menos en una marcha insípida, sin sentimientos, manifestación ni expresión realista.

Como que una conmemoración tan importante invita a la reflexión y máxime ahora, en un Colima modernista, una entidad que se encuentra en pleno despegue, que está generando una nueva situación laboral y que demanda con urgencia, la presencia vigorosa de una clase trabajadora concientizada, que sepa sus derechos, esgrima el sindicalismo honesto, para cobijarse debidamente y enfrentar las envestidas de nuevas experiencias con un diferente y muy poderoso sector patronal.

No se trata de promover la anarquía, menos el desorden generado por grupos perversos, debe buscarse con afán la imagen genuina de un movimiento limpio y ordenado, fuerte pero institucional, exigente pero maduro.

Eso sí, la clase trabajadora necesita rescatar su conmemoración de un manejo que la conduce a la opacidad, a lo intrascendente, lo entreguista, lo incondicional.

El país atraviesa por una seria crisis económica, el desempleo es un problema latente, la certidumbre laboral se extingue, el sindicalismo sufre hostigamiento, es agredido, minimizado, politizado y deformado. Urge retomar los valores que dieron lugar al movimiento sindical mexicano, realizar una intensa campaña de aseo al interior de las organizaciones gremiales, sacudir la polilla del movimiento obrero nacional, renovar las viejas estructuras que duermen el sueño de los justos, que no entienden de modernidad; moralizar, revivir los valores de antaño, evocar los sentimientos laborales de aquellos que sufrieron en carne propia muchas humillaciones y abusos.

Que el sacrificio de los mártires no sea en vano, que no se manche su imagen en discursos huecos emanados de gentes sin convicciones ni verticalidad, que no se haga uso y abuso del recuerdo de una lucha que no debe servir de señuelo ni justificación para tratar de impresionar con la inmovilidad a favor de una clase que aún sigue marginada, con necesidades de pan, vivienda y seguridad social, con hambre de justicia y buenos liderazgos, con sed de un sindicalismo digno de evocar a gentes de la talla de aquella pléyade de mexicanos que vivieron las experiencias de Cananea y Río Blanco.