En la Mira


A mi hermana la doctora Mireya Montes de Oca Pérez, fallecida el día de ayer: Fue una mujer inteligente, profesional, apolítica, sincera y con un corazón de oro. Me quiso mucho, aunque no lo aparentaba, fuimos secos y recios en nuestro trato. Heredamos el temple y la figura de mi padre, haciendo honor a la humildad,  a la verticalidad cívica y al afecto serio, poco dado a las cursilerías y a la frivolidad.  Nos dimos amor profundo  sin ostentaciones, discreto e intenso. Descansa en paz “Yeya”.

La palabra de honor

René Montes de Oca

Los cuidadosos discursos, las iniciativas más sublimes, los arranques moralizadores y demás intentos de las autoridades por llegar al corazón destrozado de una ciudadanía deprimida ante tanta inmoralidad, simple y sencillamente no encuentran aceptación. Ya nadie cree, priva la incertidumbre. Las malas actitudes, la completa falta de decencia, el latrocinio vil, el cínico desfalco a las finanzas públicas, no solamente tiene harto al contribuyente, ahora reina el hastío cívico, la desesperación ante una problemática originada por falta de valores morales, decencia, ética profesional, responsabilidad y sobre todo la baja estima en que se tiene lo que antes fue inquebrantable y se le llamaba (palabra de honor).

Me confieso débil, ya no aguanto un discurso que nos hable de nuevas leyes moralizadoras. Apago el televisor o doy vuelta a la página en la prensa escrita, me tapo los oídos desesperado para no escuchar la radio, cuando el gobierno anuncia a través de algún importante vocero, que las nuevas leyes compondrán el grave problema de la corrupción, que habrá transparencia en el manejo de los recursos, honradez estricta y que ahora sí, ¡en este pueblo no habrá ladrones impunes!

Palabras vanas, verdaderas peroratas, políticas públicas que por falsas ya no tienen credibilidad. La gran descomposición reinante en la clase política es imparable. Se requeriría un visionario superdotado, un nuevo Mesías que viniera a componer este desorden, una especie de mártir que redimiera tanto pecado administrativo, tanto abuso de poder, desviaciones morales, ostentaciones y derroche. Alguien que viniera a cambiar la fastuosidad frívola por la humilde honradez; la ambición desmedida por un nivel de vida decoroso y decente para todos.

Desearíamos que las leyes divinas vinieran a componer esta situación tan lamentable que nos aqueja. La legislación manoseada por  humanos se ha contaminado a grado tal, que simple y sencillamente es una simple comparsa en la triste obra de una deshonestidad lamentable.

Con tristeza vemos como una ley atípica, una idea moralizadora de los empresarios, vino a poner de cabeza al poder legislativo, simple y sencillamente porque busca en serio la moralización. Esa honradez a la que se hace alusión desde hace mucho en los medios políticos, pero que jamás se aplica. Es que reina un clima de impunidad, prefabricado por una normatividad amañada, colmada de vericuetos legaloides que impiden la aplicación estricta de iniciativas  cuidadosas y de acciones honestas.

La verdad es que en el Congreso de la Unión se han vuelto especialistas en maquillar nuestra legislación, son hábiles en aparentar rigidez y cabalidad; especialistas en dejar salidas airosas a los corruptos, subterfugios a los canallas y recursos sucios para defender lo vil y canallesco.

Abundan las leyes, pero lamentablemente son frágiles, endebles ante la embestida de leguleyos habilidosos e inmorales. ¿O pecan de ingenuas? o por el contrario, se elaboran con malicia inmoral, dejando lagunas para ser vulneradas con relativa facilidad en caso de presión cívica que busque en vano sancionar a quienes las violan.

Si bien el panorama en el poder Ejecutivo es desalentador, la falla de origen se da en las legislaturas. Si no se elaboran leyes bien encauzadas y con buena fe, el Poder Legislativo incurre en una grave falla. Ser diputado o senador representa una gran responsabilidad, a los cobardes que se salen de una asamblea difícil deberían de aplicarles la destitución inmediata. El Congreso no es un teatro para montar escenas protagónicas ni melodramas, es la tribuna más alta de la democracia, el templo de la decencia popular, el recinto donde debe imperar la responsabilidad cívica, ahí se genera la voz del pueblo y vale la pena recordar que ésta, es la voz de Dios.