El salario mínimo como mecanismo de injusticia


René Macías Zamora*.-

Hemos estado escuchando el debate iniciado por el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Angel Mancera, en relación al salario mínimo. La respuesta del Gobierno Federal y del PRI, en general, ha sido salirse por la tangente, como se dice de manera popular.

Iniciaron la tarea de crear una Comisión Consultiva para la recuperación gradual de los salarios mínimos y profesionales. Esta Comisión propondrá como proceder y entregaría resultados a mediados del próximo año. Al mismo tiempo, el PRI, como partido, juntó firmas para una consulta popular para preguntarle a la población si desea que se incremente el salario.

¿Qué respuesta cree, amable lector, que se obtendrá de la consulta en una población donde más de la mitad se debate entre la pobreza y la miseria? Sí, yo también creo que es atole con el dedo, porque si de verdad su deseo fuera incrementar el salario, sólo tendrían que mayoritear en el Congreso así como le hicieron con la privatización de Pemex y CFE. De manera que, por lo pronto, los trabajadores deberán sentarse a esperar alguna mejoría.

En diversos estudios se ha puesto en evidencia la marcada pérdida del poder adquisitivo del salario y la contracción en el consumo de alimentos en la población. En una serie histórica de 27 años sobre el consumo en alimentos, se observa un descenso dramático en el poder de compra de los trabajadores: Hemos perdido 65 por ciento de la capacidad de compra sólo en alimentos. La pobreza de los mexicanos se encuentra anclada a niveles de ingreso paupérrimos, es decir, hoy con un salario mínimo ya sólo se puede comprar el 35 por ciento de la Canasta Alimenticia Recomendable (CAR), cuando en 1987 con un salario mínimo se podían comprar casi dos de esas canastas.

El problema del poder adquisitivo del salario no es solamente su determinación por el Gobierno Federal, sino la manera en que los grandes monopolios comerciales afectan el comportamiento en los precios de los productos básicos que se adquieren con ese salario. El hecho de que, como ocurre año con año, los empresarios suban arbitrariamente sus precios, con lo que terminan absorbiendo y superando cualquier aumento nominal del salario.

En este sentido, el hecho de que en las principales cadenas de supermercados los alimentos sean más caros en comparación con los mercados públicos o tianguis, se traduce en una enorme transferencia de dinero de los bolsillos de las familias hacia las cadenas de tiendas de autoservicio como Walmart, Soriana, Comercial Mexicana y Chedraui, donde el eslogan de “precios bajos, siempre” es una cara publicitaria muy alejada de su realidad.

Además, el salario mínimo constituye un mecanismo mediante el cual la riqueza producida por el trabajador, con su trabajo, va a parar a manos de unos cuantos privilegiados.

Imagine usted, amable lector, cuando un trabajador construye o fabrica un producto, unos zapatos, por ejemplo, el precio de venta de ese producto incluye el costo de los materiales, digamos 40%. Más, digamos, otro 20% de mano de obra, lo cual dejaría un 40% de utilidad para el empresario. En México esa utilidad ha permitido que esos empresarios privilegiados sean cada vez más ricos, mientras que los trabajadores son cada vez más pobres. Para incrementar realmente el salario mínimo sin producir inflación, sería necesario que el empresario estuviera dispuesto a reducir ese margen de ganancia. Sin embargo, los empresarios responden que el incremento al salario debe estar ligado a una mayor productividad, esto es, ¡no! Si quieres ganar más, trabaja más, porque no estamos dispuestos a renunciar a nuestras ganancias.

De manera que para el 2015, se espera más de lo mismo, mientras el poder adquisitivo del salario se mantiene en el suelo y los trabajadores en el hambre, al igual que en otros sexenios, la diferenciación económica y social, ha beneficiando sólo al gran capital y ha traído como consecuencia un aumento progresivo en el nivel de pobreza de la población en general. Pobreza que no se combate poniendo pisos firmes en las chozas de los más desprotegidos o regalándoles estufas a quienes no tienen siquiera para el gas. Tampoco se combate afiliándolos al Seguro Popular, donde lo único que es gratis es la credencial, porque cada vez cuenta con menos recursos para atender las necesidades de salud de una población derechohabiente cada vez mayor.

La pobreza se combate con inversión productiva, con mayor crecimiento y mayor desarrollo. Acabando con los vendepatrias, la corrupción y la impunidad.

Regidor del PRD en el Cabildo*