El final de la travesía


Cuquita de Anda

(Tercera parte)

La misma tarde del atentado contra la camioneta en donde viajaba Lydia Cacho llegó a las oficinas del ministro Juan Silva Meza. Había pedido la cita tiempo atrás y como a sus contendientes les tocaba visitar al ministro, subió por el elevador y en la recepción, un hombre amable, le condujo a la sala de espera.

En las puertas que le rodeaban estaban inscritos los nombres de las ministras y ministros. No pudo evitar imaginarlos en sus oficinas, revisando documentos y tomando decisiones, debatiéndose entre asumir una postura jurídica teñida de política o una postura política argumentada jurídicamente. ¿Y las presiones?, se preguntó en silencio.

Ya el ministro Mariano Azuela había personificado una descarada defensa del gobernador cuando Silva Meza leyó en el pleno de la Corte el dictamen que hacía responsable a Marín de colusión delictuosa. En esa primera investigación de la Corte lo examinaron porque los investigadores decidieron que el “Señor Gobernador” tenía una investidura y no podía ni debía ser investigado a fondo. ¿Qué fue lo que siguió esa primera comisión?

¿El miedo ancestral a confrontar a gobernadores que por tiempos inmemorables han sido intocables? ¿Sería una nueva forma de conclusión entre servidores públicos? ¿Acaso hubo compras de voluntades? Recordó el caso en que un ministro de la Corte fue encarcelado, acusado por el abogado Xavier Olea, por aceptar dinero para dejar libre a un asesino violador de una pequeña niña en Acapulco. ¿Por qué esta vez había de ser diferente? Se quedó sin respuesta.

Se sentó hacia adelante, con los codos sobre las rodillas y las manos empalmadas como quien se prepara para elevar una oración. Una verdad abrumadora cayó sobre ella: Este no es el final de la batalla. Aunque es la última de las instituciones del Estado mexicano a la que puede apelarse para defenderse, los demonios, allá afuera, no se darán por vencidos para ultimar a Lydia; el episodio de ese mismo día era un recordatorio. ¿Pasará 20 años secuestrada por una escolta para evitar que la asesinen? Eventualmente, está agotada por las amenazas, ¿se convertirá en una emigrante más expulsada de México por la violencia? Y su vida, la vida y el sufrimiento de las niñas y niños abusados y desaparecidos por esta red de tratantes de menores, ¿serán sólo anécdotas más entre los millones de casos devorados por la corrupción? Un volcán de tristeza invadió su cuerpo, el llanto subió irrefrenable por su garganta y cerró los ojos en un intento inútil por detenerlo.

Esta es una sensación cotidiana para millones de mexicanos. Nunca como ahora estuvo consciente de la orfandad de la patria, no hay patria, no hay patria que proteja, hay un vacío y para no admitirlo, por miedo a caer en el abismo, millones, al sentirse indefensos, se someten a los designios del poder, se suman a la corrupción, silencian la verdad.

Una voz masculina interrumpió su pensamiento. Sentado en su escritorio, el ministro Juan Silva la recibió afectuoso y educado, como hace con toda la gente. En un tono amable y profesional hizo un recuento del estado de las cosas, y le explicó que el gobernador Marín tendría acceso al expediente completo para que su defensa argumentara. Pero eso no fue un juicio penal, protestó ingenuamente. ¿Qué no se trata de una investigación en la cual todas y todos tienen que dar sus propias pruebas, testimonios, y la Suprema Corte valorar los hechos concretos y los indicios? Silva le explicó que, dados los resultados, el pleno de la Corte había decidido que se le diera una segunda oportunidad al gobernador.

¿Y si el resultado hubiese sido al revés, a ella, la ciudadana sin poder político, le habrían dado una segunda oportunidad? El ministro guardó silencio antes de explicarle que pasarán algunos meses para que la Suprema Corte vote en el pleno. Una sensación conocida subió por su espina dorsal. La imagen del viaje en la carretera con los judiciales relampagueó en su mente: Los momentos en los que se sentía agradecida con sus captores porque no cumplían sus amenazas de ultimar su vida, la incesante corriente eléctrica de adrenalina cuando alimentaba su esperanza al permitirle hablar por teléfono y, acto seguido, arrebatárselo mientras las voces de sus familiares preguntaban: “¿Quién es… bueno… bueno?”. Ella no pudo más, pensó, y mientras se miraban a lo lejos a los ojos, sus pupilas comenzaron a florar en la sal de la desesperanza, por su rostro cayeron sin decoro las gotas de la despedida. Las palabras se desvanecieron, quedó sin argumentos. Todo estaba dicho. Sacó un pañuelo desechable de su bolsa y, poco a poco, fue calmándose.

El ministro, conmovido, fue profundamente respetuoso. No le pidió que no llorase, por el contrario, le narró como él mismo, había sido amenazado.

Continuará…