Domingo 22: “Qué bueno es el señor”


Antonio Flores Galicia

HOY nos dice Cristo: “No teman a los hombres (…), lo que les digo al oído, pregónenlo desde las azoteas, quien me reconozca delante de los hombres, yo también lo reconoceré”. Y los apóstoles deben decir: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (IJn 1,3). Con razón, ni los grandes intelectuales y enemigos de Cristo, pueden echarle en cara errores.

Ten confianza. No tengas miedo, aunque seas malo: “Este, recibe a los pecadores y come con ellos”. Por eso, aunque en lugar de reflejar la luz de Cristo, meten la luz debajo de la cama muchos que se dicen apóstoles. Déjalos, ya les llegará su hora. Allí está la tarea de la iglesia: Reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer su rostro ante generaciones en cada milenio. Pero, se ocupa que se diga: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también ustedes estén en comunión con nosotros” (IJn, 2,3). Esto, no se puede dar si no se quita la egolatría, el mal trato a los pecadores, la ambición de  dinero. Se ocupa predicar y vivir lo que se predica. Muchas veces no se vive la doctrina que se predica.

Cristo se hizo visible y puso su morada entre nosotros; los Apóstoles pudieron contemplar su rostro humano, ser testigos de sus signos; contemplaron su rostro doliente y resucitado, sufriente y glorioso. Por eso pide que no temamos, que prediquemos, que tengamos confianza, que tendremos lo que demos a los demás, Cristo estará con nosotros. Urge pregonar su mensaje, sin miedo a los que están contra nosotros porque vivimos su doctrina, valemos mucho más que todos los pájaros del mundo.

Estos días, que la Iglesia celebra tantos misterios de Cristo: Dios y Hombre, las Tres Personas, Redentor y presente entre nosotros por la Eucaristía. Nos encontramos con Jesús, muerto, resucitado y glorioso. Está con nosotros, es Pan de Vida Eterna. Es luz y vida, fermento de una nueva civilización. Recordemos lo que se nos dice: “En el corazón de la celebración de la Eucaristía se encuentran el pan y el vino que, por las palabras de Cristo y por la invocación del Espíritu Santo, se convierten en el Cuerpo y Sangre de Cristo” (CEC 1333). Urge que no solamente celebremos tantas fiestas: Pasión y muerte, Resurrección, Ascensión, Pentecostés, Trinidad, Corpus. Tengamos siempre la encomienda: “Yo los envío como ovejas en medio de lobos (…) los hombres los entregarán a los tribunales y los azotarán en sus sinagogas (Mt 10, 16);  “si me han perseguido a mí, los perseguirán también a ustedes (Jn  15,20). No olvidemos: “Yo estaré con vosotros”. Todo esto lo tenemos en la Eucaristía.

Adelante. “Hasta los cabellos de su cabeza están contados”. Nos conviene reconocer a Cristo, no lo neguemos, nos reconocerá. Es el pan de la vida. Digamos: “¿A quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”. ¡Adelante!