Difaman los que son peores


Antonio Flores Galicia.-

Difamar es desacreditar a alguien, publicando o diciendo cosas contra la buena opinión y fama de otro. Es desprestigiar y desaprobar, descalificar y deshonrar, ofender y desvalorar a otra persona. Los torpes y ególatras se imaginan que hacen bien deshaciendo a otros y no les importa la maldad que realizan.

Es tan grave para la Iglesia la difamación, que afirma que las denuncias falsas ante los superiores, y ante el pueblo, ponen en entredicho (D. C. c. 1390) y, si es clérigo, debe ser suspendido. Cuidado con deshacer la buena fama del otro, puede haber castigo en vez de premio. La calumnia exige satisfacción. Cuánto mal trae falsificar documentos, publicar reservas, alterar escritos, presentar falsedades, decir sin necesidad las maldades de otro ante el público.

Cuánto mal se comete en el campo de la difamación y, este mal, para muchos es un bien para la sociedad y hasta se creen grandes. Muchas veces hasta buenos puestos obtienen, pero ignoran que tarde o temprano viene el castigo para el difamador. Esta maldad la cometen los tontos y ambiciosos, los que aspiran a mejores puestos quitando a los que tienen la que ansían. Cuando estudiamos historia, nos damos cuenta de la triste suerte de los delatores.

¿Cómo terminan los que van a la guerra a luchar no por el país o causas nobles, sino pensando en ellos? Siempre debemos tener ante nosotros la verdad y la ayuda a la superación del otro. La egolatría es traicionera. Cristo, mejor decía: “Ya les vendrá”.

Los ambiciosos, son ávidos y codiciosos, anhelan y aspiran cosas o puestos que no merecen y su actitud poco a poco los va degradando. Porque son indignos de lo que logran con esa actitud. Los torpes, son ineptos e inútiles, pesados y lentos, son cerrados y necios.

¿Cómo desempeñan su puesto los que desde la Secundaria valían en el grupo, porque eran los que quedaban bien con sus superiores inventando maldades de otros? A un compañero en la Unam no lo aguantábamos, por varias cosas, allá en los años 70’s. En la famosa huelga del novecientos, lo vi en la tele que andaba en la lucha como un estudiante más y en ella terminó su vida.

Estos pobres, que utilizan la difamación para ocultar sus maldades y aparecer como correctos y grandes, terminan deshaciendo su personalidad. No son lo que quieren que nos imaginemos que son. Hasta exigen que se les tenga como lo que dicen ser. No admiten sugerencias ni advertencias, respecto a lo que hacen. No olvido aquella expresión de un superior que tuve: “¡Yo nunca me equivoco!”, se creía con la plenitud del Espíritu Santo.

Leí cuando hice un trabajo en la Unam, para acreditar una materia: El secretario, advirtió a su presidente: “Aquí hay un error, señor presidente”. La respuesta fue contundente: “Mientras yo sea el señor presidente de la República, esa expresión no debe decirla ante mí”. Así son las cosas en este campo de la egolatría. Es la enfermedad de los delatores.

Lo peor, esto que estoy escribiendo, solamente lo aceptarán los que no son delatores, porque ellos se imaginan rectos y sinceros. Eso de pecado, dicen que no lo hay. Cuánto bien vendría a la sociedad si aumentaramos el número de personas equilibradas, si nos preocupamos porque no haya esta maldad en los adolescentes y los jóvenes.

Repitamos, “la verdad los hará libres”. Aceptemos la verdad. Acabemos con los difamadores. Viene a mi mente aquella expresión: “Quien se crea libre de culpa, arroje la primera piedra”. Todos nos equivocamos, vamos ayudando al otro en vez de delatarlo.