Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-

Nunca como ahora, el ser humano había estado tan comunicado, pues no importa a dónde se vaya, siempre tiene medios para enlazarse con alguien, con las herramientas tecnológicas adecuadas para ello.

Por ejemplo, está el caso de la alpinista mexicana Carla Wheelock, quien gracias a un celular muy sofisticado, hace algunos años, se comunicó con sus familiares en el Distrito Federal nada menos que desde la misma cima del monte Everest.

Esto es una gran ventaja, porque incluso se pueden trasmitir datos al momento desde la profundidad de una selva, en alta mar o en medio de un desierto, y qué decir de los reporteros de guerra, que al momento dan a conocer las incidencias de un conflicto armado desde el centro de los hechos.

Sabemos de la salud y estado de nuestros familiares sin importar si están en una ciudad lejana e incluso en otro país, podemos verlos a través de una cámara web, lo cual, no hace mucho, era algo impensable.

Pero tanta facilidad para estar comunicado todo el tiempo ha traído también sus problemas, como la pérdida casi total de la privacidad, del derecho a estar aislado, en reflexión y sin querer hablar con nadie para concentrarnos en algún asunto o problema o, simplemente, gozar de alguna afición sin distracciones.

Esto es ahora considerado un delito (querer estar incomunicado por un momento), porque nuestros compañeros de trabajo o estudio, amistades, conocidos, vecinos y familiares se enojan cuando no pueden localizarnos, y nos reclaman por haber apagado el celular, como si fuera un deber estar siempre disponibles.

Antes aún se tenía privacidad, porque uno se alejaba de los problemas yéndose a la playa con su familia o en la noche salía al parque, desconectándose de todo y enchufándose con uno mismo, para recargar las baterías. Pero ahora, está uno en un balneario y tiene que traer el celular a la mano, porque a cada rato nos están hablando, y si va al parque, no puede relajarse en una banca mirando el chorro de la fuente, las palomas revoloteando, los gorriones en los cables y los niños en los jueguitos, porque a cada rato nos suena el teléfono móvil para cualquier cosa, muchas veces tonterías, y otras, problemas estresantes.

No puede uno platicar con su pareja sin ser cortado por el timbre musical de nuestro celular. Y si, como dije antes, a uno se le ocurre apagar el aparato para olvidarse un rato del mundo, no sabe en los problemas que se meterá y los reclamos que se le harán, porque no se le pudo encontrar por media hora. Casi ni para dormir hay que apagar el celular, pues no vaya a pasar algo ya muy tarde y necesiten avisarle de emergencia.

Antes no pasaba nada si no estaba uno disponible las 24 horas. Ahora somos esclavos del celular. Eso sí, los primeros celulares, aquellos que parecía que cargábamos un ladrillo por un costado del pantalón, y que nos tapaba media cara cuando hablábamos, eran más rudimentarios en muchos aspectos, pues sólo servían para hacer y recibir llamadas (nada de mensajear, oír canciones o jugar), pero tenían cobertura total, todo el tiempo y en cualquier lugar, pues verdaderamente eran de satélite, y no como ahora, que funcionan en base a antenas repetidoras, de modo que a cada rato nos avisa que no hay señal, y tenemos que andarnos moviendo para poder captarla.

Al principio del uso del celular uno podía hablar desde un cerro o una zona rural sin problemas, pero tampoco lo utilizábamos tanto, porque todavía no se había caído en el exceso, por no decir el vicio. Claro que aún hay celulares que tienen señal donde sea, porque se manejan vía satélite, pero esos son los más caros, y no están al alcance de cualquiera.

Lo mejor es no depender tanto del celular, apagarlo cuando sale uno de su trabajo, para poder convivir con la familia o los amigos. Y no permitir que nadie nos regañe por no tenerlo prendido todo el día, pues no debemos ser esclavos de la tecnología, sino esta estar a nuestro servicio.

En otro tema, de acuerdo a información de prestadores del Servicio Público de Transporte Urbano de Pasajeros que nos hicieron llegar, les comparto que los cuatro primeros asientos de cualquier microbús urbano deben dejarse prioritariamente para discapacitados, adultos mayores y mujeres embarazadas o con un bebé en brazos.

Este es un dato que no todos sabíamos, y quizá se debe a que la mayoría de los camiones no traen alguna leyenda que lo dé a conocer, o por lo menos, yo no la he visto. Pero, bueno, es de entenderlo por el sentido común, aunque nadie nos lo informe.