Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-

Cada vez son más frecuentes las informaciones sobre casos de hostigamiento escolar, conocido actualmente con el nombre anglosajón de bullying, pero que desde luego es algo que siempre ha existido.

El tema se ha puesto bajo los reflectores mediáticos cuando se dio la muerte del niño Héctor Alejandro Méndez Ramírez, en Ciudad Victoria, Tamaulipas, debido al trauma craneoencefálico por el abuso al que fue sometido por sus compañeros de secundaria, quienes lo columpiaron sujetándolo de manos y pies, para luego estrellarlo contra un muro.

Poco después se dio un nuevo caso de bullying, ahora en Zacatecas, donde afortunadamente, hasta donde se sabe, no hubo una víctima fatal. Todavía más recientemente, aunque con menor repercusión, una madre indígena de la población de José María Morelos, Quintana Roo, reclamó, aunque sin que se le hiciera el menor caso, apoyo para las curaciones de su hijo, quien fue brutalmente herido por sus compañeros de escuela, de manera que tiene muchos dolores musculares, de hueso, hematomas y calentura.

Casos como éstos, hay montones en el país, y aquí en Manzanillo ha habido varios de los que sólo algunos han saltado a las páginas de los diarios o los titulares de los programas radiales o la incipiente televisión local. Sin embargo, de que los hay, los hay, y no debemos esperar a que pase algo tan triste y grave como lo que ocurrió en Tamaulipas para voltear a verlos.

Ahora bien, de nada sirve enumerar los miles de casos que hay de acoso escolar en nuestra región, entidad y municipio; lo que se debe hacer es buscar soluciones, más que culpables, pues en este caso, los responsables directos son menores de edad.

Pero si estudiamos y analizamos bien a fondo este fenómeno, este problema -el acoso escolar o bullying- tenemos que decir que los responsables de mantener el orden, la disciplina y la buena convivencia en un plantel escolar, son los maestros y directivos.

Los padres dejan a sus hijos cada día de la semana que hay clases en manos de los maestros, confiando en que están en un lugar seguro, y que van a estar al pendiente de ellos para que nada les pase. Algo sucede; sin embargo, para que la disciplina se relaje y se genere un hostigamiento hacia ciertos niños.

Muchas veces, y sin generalizar, pero sin dejar de señalarlo, los mismos apodos y burlas empiezan por los maestros. En el mismo salón de clases son los profesores los que alientan a burlarse, a faltar al respeto y a empezar las llevaderas pesadas. Ellos también son los que hacen caso omiso de las quejas de algunos alumnos sobre los ataques de que son objeto por parte de sus compañeritos.

Después de ellos, los padres también tienen que poner atención a lo que sus hijos les cuentan sobre lo que pasó en la escuela, e incluso, ser ellos los que les preguntan como fue su día. También tienen que ir con su maestro y hablar con él sobre el desempeño y comportamiento de su chamaco.

Y no tomar actitudes como: “Hablan mal de mi hijo porque le tienen mala idea”, “qué bueno que mi hijo es muy bueno para pelear, que se defienda”, “son niños”, etc.

Es un hecho que tenemos que reconocer, cada vez hay más violencia en las escuelas, y esto es un reflejo sobre lo que sucede en nuestra sociedad y tomar cartas en el asunto, para que las cosas no se salgan de control.