Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez

Es triste saber que en Manzanillo no tenemos una buena perspectiva de cara al futuro, ya que de acuerdo a los estudios que se han realizado y que se publicaron ya en EL NOTICIERO DE MANZANILLO, el porcentaje mayoritario de jóvenes y adolescentes son “ninis”, que, como todo el mundo ya sabe por la popularización del neologismo, significa que ni estudian, ni trabajan.

Las razones de esta conducta tan negativa, se explica, son las siguientes: Problemas en el hogar y las adicciones. Esto tiene una implicación para el futuro de nuestro municipio, de nuestro destino y de nuestro puerto, como terminal y polo de atracción de negocios e inversiones.

Significa en que no tendremos una mano de obra suficiente y calificada para atender la demanda laboral que se presente, aunque se atraigan grandes inversiones; por lo que se intensificará la migración desde otras entidades y los empleos serán para los no manzanillenses. Esto tendrá afectaciones a todo nivel, porque se decaerá en los índices educativos, de seguridad, de cultura, etc.

En materia de salud y muy específicamente en el caso de las adicciones, tendremos a una nueva generación mermada en su condición física, siendo una carga para los sistemas sanitarios, por el tabaquismo, alcoholismo y drogadicción. También los índices de criminalidad, forzosamente se dispararán y eso ahuyentará al turismo y los inversionistas y, finalmente, implicará que se eleven los niveles de pobreza.

No es un tema menor, al que debemos ignorar, como si con esta actitud desapareciera; sino que, por el contrario, hay que atacarlo de frente. Hay que frenar la deserción escolar. Es alarmante el número de jovencitos de ambos sexos que están abandonando la secundaria y no se salen porque hayan sido reprobados o reporten una mala conducta; sino por falta de interés, flojera y apatía.

No hay un estímulo válido en sus casas para continuar estudiando. Tampoco tienen una visión de futuro, que les permita ver todas las implicaciones de su decisión de desertar de las aulas. No hay tampoco quien se los haga ver de una manera que les influya, les afecte; ni un maestro, ni los padres, nadie.

 

La lentitud, modorra y desaprensión propia de los trópicos, que era señalada en sus habitantes por los visitantes del Manzanillo de principios del Siglo XIX, parece que ha regresado a apoderarse de los nuevos porteños y aquí, como en aquellos tiempos, en que los hombres más destacados fueron fuereños; parece ser que ahora veremos cómo en los próximos años la gente venida de otros estados se apoderará de nuestras empresas, plazas laborales y puestos de gobierno; mientras los locales continuarán en una hamaca, bajo el rayo del sol, sin camisa, en chanclas y mirando al Mar medio amodorrados.