Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-

Hace muchos años, los partidos opositores al gobierno, en ese entonces encarnado en el invicto Partido Revolucionario Institucional, se jactaban de una vida interna democrática, y aunque jamás ganaban una sola elección, se consideraban orgullosos de militar en institutos políticos donde no se practicaban las imposiciones. Por aquellos tiempos, aun no se había inaugurado la alternancia en nuestro país, e incluso casi se veía imposible que algún día sucediera, pues la maquinaria de ese partido funcionaba de forma casi perfecta, sostenida en el corporativismo gracias a los sindicatos y centrales obreras y un sistema electoral con muchos fallos que permitían que fuera inseguro y sujeto a fraudes de toda calaña. Tan se creían imbatibles los tricolores, que tampoco aplicaban democracia en su vida interna, y se hizo famoso el dedazo, que era que resultaba beneficiado con una candidatura aquel militante que fuera señalado por el dedo índice del presidente de la república en turno, o en el caso de las entidades del país, el gobernador del estado. Pero llegó el tiempo en que el sistema electoral fue mejorando con mejores candados, crecieron los partidos pequeños, y un día se dio la alternancia y entonces todo empezó a cambiar. Lo peor es que parece que fue para mal en muchos casos, porque ahora aquellos pequeños partidos que aunque tenían una escasa militancia se enorgullecían de manejarse internamente con democracia, haciendo convenciones para elegir por votación interna de los militantes a sus candidatos o dirigentes partidistas. Pero luego de la alternancia en la presidencia de la república, ganada en dos ocasiones por los candidatos de Acción Nacional, Vicente Fox Quezada y Felipe Calderón Hinojosa, y de representantes del PRD y otros partidos en gubernaturas y alcaldías de toda la República Mexicana, estos empezaron a tener una mayor ambición por lograr victorias al ver que no era imposible, y a copiar los vicios del viejo PRI en cuanto a la imposición de candidatos, muchas veces impopulares, y entonces todos los partidos empezaron a parecerse, y solo así se explica que puedan pasarse de la noche a la mañana de un partido a otro como si nada.

Sería muy bueno que en todos los partidos, y por disposición del propio Instituto Nacional Electoral se promoviera una mayor democracia, de manera que se acostumbraran todos los mexicanos que militan en un partido u otro a las convenciones, donde no solo revisen sus reglamentos y postulados, sino que elijan a sus abanderados de pleno consenso. Desde ahí, desde el interior de los propios partidos, empieza la democracia. Ya se logró un importantísimo avance al lograrse las candidaturas equitativas en cuanto al género, y ahora debieran de instituirse las convenciones de militantes, cosa que debe impulsar el INE.