Desde el malecón


Víctor Manuel Martínez.-

Con las transmisiones de televisión vía satélite a todo el mundo, en vivo y en directo, primero, que nos acercaron a todos los seres humanos un poco más que nunca antes, a pesar de las lógicas barreras del lenguaje, y posteriormente con la irrupción de la red mundial de información o internet, se empezó a dar un fenómeno muy fuerte que se conoció como globalización, principalmente a partir de los años 90.

Antes de eso, el mundo parecía más grande y extraño, y había lugares exóticos, lejanos e inaccesibles a la enorme mayoría. Lo folklórico, lo artesanal y todas las expresiones del arte y la cultura étnicos y populares eran muy valoradas. Por aquellos años, revistas con reportajes de sitios perdidos en junglas salvajes, mortales desiertos o montañas inhóspitas, como “GeoMundo”, “National Geographic”, “Sputnik” o “Selecciones”, y más localmente, “México Desconocido” y “Contenido”, por poner sólo algunos ejemplos, vendían gran cantidad de ejemplares, porque nos atraía esa magia y misterio.

Sin embargo, la globalización empezó a cambiarlo todo, y el mundo se hizo más pequeño y más común. A partir del nuevo siglo y milenio, la red mundial se hizo más rápida y se añadieron al panorama las redes sociales. Ahora, aquellos parajes a donde sólo llegaban aventureros valerosos con una costosa cámara fotográfica, enfrentándose a mil peligros, son sitios donde hay las mismas tiendas que en Nueva York, las mismas marcas que en la Ciudad de México y se come lo mismo que en Roma o Beijing.

Muchos mitos se han desterrado y muchas, pero muchas costumbres y tradiciones han desaparecido. Incluso, ahora quienes no tienen oportunidad de viajar, únicamente tienen que entrar a programas como Street View o Google Earth, entre otras aplicaciones similares, y recorrer a través del monitor de su computadora y con tan sólo la ayuda de su mouse, las calles de Yakarta, Manila, Johannesburgo, Los Angeles, Washington, etc., como si estuviera de turista en alguna de estas urbes.

Sin embargo, la sorpresa que uno se lleva al hacerlo, es que con excepción de alguno que otro detallito, todas las ciudades se parecen como si estuvieran hechas en serie. Edificios y casas como si hubieran sido sacados de un molde, carros y ropas plenamente identificables, los mismos colores y matices, si acaso cambiando el tipo de personas, o la tipografía de los carteles y anuncios. Esto es en todo; una unificación de costumbres y gustos llamada globalización, que también, desde luego que a nivel nacional nos afecta, pues las ciudades mexicanas cambian en su tamaño y densidad poblacional, pero fuera de eso, sólo dos o tres monumentos nos distinguen. Las plazas tienen el mismo tipo de kiosco al centro, como si los hicieran todos en una misma fábrica. Los centros comerciales son iguales y la ropa es similar.

A lo que voy es que, lo poco que nos diferencia a estas alturas en que estamos en un mundo casi totalmente globalizado, es lo que llama la atención del turismo como un imán. Atractivos personalizados y especiales escasean. Comidas diferentes, artesanías diferentes y festividades específicas es lo que se requiere para destacar de la masa uniforme.

En Manzanillo tenemos que distinguirlos de los demás, encontrando nuestra propia expresión, nuestras propias imágenes, nuestros propios símbolos y temáticas, nuestras comidas, artesanías y costumbres. ¿Qué nos hace recordar? ¿Los mismos plumeros, platos, llaveros o vasos que se dan en Guadalajara o Puerto Vallarta, nomás con diferentes letras grabadas, pues los de aquí dicen Manzanillo?

Eso es lo que pasa, que en lo turístico se debe trabajar más, para encontrar una imagen propia, lo que en nuestros tiempos es más difícil, pero cuando se consigue, es mucho lo que se logra. Por eso la obra del Arq. Ezquerra en Manzanillo ha sobresalido, porque es diferente a lo que tradicionalmente se hacía en otros destinos de playa. Por eso El Pez Vela Monumental, a pesar de tantas críticas locales, se ha hecho famoso a nivel mundial como nuestro sello característico, porque nos asocia. ¿A qué estamos asociados como destino? ¿A qué traje regional? ¿A qué platillo gastronómico? ¿A qué arquitectura? ¿A qué símbolos o íconos? ¿A qué baile? ¿A qué estilo musical? ¿Somos uno más entre el montón? Porque hay mucha gente que nos identifica por las tradiciones de la comunidad oaxaqueña en Manzanillo, y esto es porque no tenemos un sello propio de Manzanillo, Colima, que ofrecer al turismo, o, por lo menos, no tan definido.

En el sector turístico trabajan muchas familias, y se ocasiona una derrama económica muy importante para el municipio, por lo que se debe trabajar mucho más, para lograr crecer.