Comentario al evangelio dominical


Oscar Fuentes Reynaga.-

“Les será quitado el Reino de Dios y se le dará a un pueblo que de fruto”

En la parábola de los viñadores se delinea la historia de la salvación en sus momentos oscuros y luminosos. Los viñadores aluden a los jefes y al pueblo aún en tiempos de Jesús, los servidores enviados son los profetas. La figura del dueño es Dios. Con el hijo del dueño el relato alcanza su clímax, pues la historia del pueblo de Israel tiene con Cristo su momento decisivo.

Jesús, después de haber narrado la historia del Antiguo Testamento, narra su historia y la del Reino de Dios. El Señor no revela su destino sólo como un apelo a la conversión, la revela sobre todo para presentar el misterio del pecado y de la obstinación del pueblo sobre los cuales Dios hace su juicio.

Con este último rechazo de parte del pueblo, éste se pone fuera de la historia de la salvación, y será dado a otros viñadores que “entregarán el fruto a su tiempo” (vv. 41.43).

El “verdadero Israel”, constituido por los fieles y los pobres de Dios, tiene su continuidad en la comunidad cristiana, biológicamente diversa en las razas, cultura, mentalidad, pero teológicamente idéntica a los hebreos fieles que escucharon la voz de los profetas y creyeron.

La salvación es la aceptación del Hijo “piedra angular” (v. 42) sobre el cual toda construcción crece bien ordenada para ser templo santo del Señor.

En la primera lectura, aun naciendo como un canto al trabajo, esta obra de arte de la poesía hebrea que es el “canto de la viña” de Isaías, es la acusación directa a un hombre que permanece como espectador desinteresado. La primera estrofa (vv. 1-2) insinúa una parábola agradable, pero con falta de amor y de confianza.

Aparece la primera desilusión (te hiciste una salvaje) que tiene la connotación de la infidelidad nupcial. De hecho, la atmosfera de este canto otoñal para la vendimia tiene, en el primer verso, los tonos del amor matrimonial: El profeta se presenta como “amigo del esposo”, mientras que el propietario y la viña se presentan como los esposos. El tono triste se presenta en la segunda estrofa (vv. 3-4) que se transforma en la lamentación de un enamorado desilusionado.

Todo el canto está enmarcado por el verbo “esperar”, símbolo de la espera frustrada (vv. 2.4.7). Los espectadores son invitados a pronunciar un juicio objetivo e imparcial sobre la conducta de la viña. En la tercera estrofa (vv. 5-6) ellos quizá se asombran de la severidad del juicio decisivo del dueño furibundo, pero lo condividen en sustancia. Por esto, la última estrofa es todavía más severa: Somos nosotros la viña del Señor.

La segunda lectura es una serie de consejos donde San Pablo pone una conclusión a su escrito dirigido a los cristianos de Filipo. La oración genera serenidad y alegría aún en medio de las angustias (v. 6), porque lleva consigo la paz mesiánica que supera toda espera y hace brotar la paz que el mundo no puede ofrecer (v.7).

En este movimiento de la gracia que llega hasta el corazón, debe responder en el esfuerzo cotidiano y concreto que el apóstol ejemplifica en el breve catálogo del verso 8, proponiendo también su testimonio irreprensible y los contenidos de su catequesis (v. 9)