Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga

“Tiene autoridad para mandar hasta los espíritus inmundos y lo obedecen”

En este pasaje del endemoniado, Jesús “calla” al espíritu inmundo que “grita” la definición de “el santo de Dios”. El auténtico conocimiento de Cristo no está unido a su fama como Taumaturgo, sino a través de un lento itinerario de escucha y de búsqueda (secreto mesiánico). Es un largo proceso operado sobre la figura de Cristo delineada por los demonios, pero todavía no comprendida por los discípulos. Allí, en la cruz, Cristo aceptará la “fama” que ahora rechaza y que se difunde sin controlar. La “fe en Cristo” – escribirá Pascal – es auténtica no en cuanto nace de un milagro, sino en cuanto es generada por la cruz.

La primera lectura es un texto leído en clave mesiánica por la tradición judía, traza la fisonomía ideal del profeta al lado de las otras instituciones político-religiosas de Israel (el rey, el sacerdote, el levita, el juez). La estructura interior de su misión se revela profundamente anclada en Dios: el profeta es el portavoz de Dios, su palabra es eficaz y creadora como la del Señor en tanto que su realización llega a ser uno (no el único) de los criterios de verificación de la autenticidad de la profecía. La iniciativa es de Dios: “yo les daré un profeta…” (v. 18). Las palabras son las de Dios por las cuales el profeta es sacado de las coordenadas político-religiosas y colocado en una posición trascendente. Y el juicio que Dios reserva a quien rechaza o persigue al profeta es el mismo reservado para quien rechaza a Dios mismo: “Si alguno no escucha sus palabras… yo se lo tendré en cuenta” (v.19).

La celebración de la virginidad cristiana que hace san Pablo no es por el estado celibatario en cuanto tal, sino en cuanto es plena y total donación por el reino de los cielos y por los hermanos. Por tanto, estado virginal y estado conyugal en sí, no constituyen la perfección; ellos son medios idóneos, a diferentes niveles, para alcanzar la “vida celeste” a la cual estamos llamados ya desde nuestra existencia. Propiamente, la virginidad es, en sí,  mayormente signo de donación, siendo universal y total, esta debe llegar a ser la prospectiva de fondo del creyente. Paradójicamente debemos decir que la virginidad-donación total es el ideal para vivir también en el auténtico matrimonio cristiano. Esto desvela el esplendor del reino de Dios en el cual “no se toma mujer ni marido, sino es como ángeles en el cielo” (Mt. 22,30).