Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga

“Maestro, ¿dónde vives?

La escena del evangelio de hoy se sitúa inmediatamente después de la narración del bautismo de Jesús, que comienza ahora su actividad apostólica. Pero Jesús no comienza enseguida a llamar a sus discípulos; el Bautista -la Antigua Alianza que concluye-, que sabe que es el precursor y el que ha de preparar el camino, le envía los primeros discípulos. Uno se llama Andrés y el otro, cuyo nombre no se dice, es sin duda Juan, el propio evangelista. Seguir a Jesús significa aquí, en un sentido totalmente originario, «ir detrás de él», sin que los discípulos sepan de momento que son enviados, que se les encomienda una misión. Pero esta situación no dura mucho, Jesús se vuelve y al ver que lo siguen les pregunta: «¿Qué buscáis?». Ellos no pueden expresarlo con palabras y por eso responden: «Maestro, ¿dónde vives?». ¿Dónde tienes tu casa para que podamos conocerte mejor? «Venid y lo veréis». Se trata de una invitación a acompañarle, sin explicación previa; sólo el que le acompañe, verá. Y esto se confirma después: «Lo acompañaron, vieron donde vivía y se quedaron aquel día con él». Quedarse es en Juan sinónimo de la existencia definitiva en compañía de Jesús, la expresión de la fe y del amor. Tampoco el tercer discípulo, Simón, es llamado por Jesús, sino que es traído ante él casi a la fuerza por su hermano. Jesús se le queda mirando y le dice: Yo te conozco, «tú eres Simón, hijo de Juan». Pero yo te necesito para otra cosa: te llamarás Cefas, Piedra, Pedro. Esto sucede ya, en el primer capítulo del evangelio, absoluta y definitivamente. Jesús no solamente tiene necesidad del hombre entero, sino que necesita además a Pedro como piedra angular de todo lo que construirá en el futuro. En el último capítulo será hasta tal punto la piedra angular, que deberá ser el fundamento de todo, incluso del amor eclesial: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?».

La primera lectura narra la vocación del primer profeta, el joven Samuel. Dios lo llama mientras el muchacho está durmiendo. Samuel oye la llamada pero no sabe quién lo ha llamado. «Aún no conocía Samuel al Señor». Por eso cuando se produce la primera y la segunda llamada va a donde está Elí, hasta que el sacerdote comprende finalmente que es el mismo Dios el que llama a Samuel y dice al muchacho: «Si te llama alguien, responde: ‘Habla, Señor, que tu siervo escucha’». Esto es, visto desde el Nuevo Testamento, la mediación eclesial, sacerdotal, de la llamada de Dios. Ciertamente los jóvenes oyen una llamada, pero no están seguros, no pueden comprenderla ni interpretarla correctamente. Entonces interviene la Iglesia, el sacerdote, que sabe lo que es una auténtica vocación y una vocación sólo presunta. El Dios que llama confía en esta mediación. El sacerdote -como Elí en la Antigua Alianza- ha de poder discernir si es realmente Dios el que llama y, en caso afirmativo, educar para una perfecta audición de la palabra de Dios y para ponerse enteramente a su servicio.

La segunda lectura aclara que quien verdaderamente ha oído la llamada de Dios, y sacado la consecuencia para su vida, «no se posee ya en propiedad». Ha sido comprado, se ha pagado un precio por él y pertenece al Señor como esclavo, en cuerpo y alma. Aquí se pone el acento en el cuerpo, del que el llamado ha sido desposeído, pues se ha convertido -dice Pablo- en un miembro del cuerpo santo de Cristo; el que pecara en su propio cuerpo, mancillaría el cuerpo de Cristo. La expropiación que se produce en los relatos vocacionales precedentes no es parcial, sino total: el hombre entero, en cuerpo y alma, se pone al servicio de Dios, debe seguirle, ver y quedarse con él