Comentario al evangelio dominical


Oscar Fuentes Reynaga.-

El Año Litúrgico comienza con esta exigencia del evangelio: velad, permaneced despiertos, pues no se sabe cuándo vendrá el Señor. Navidad es una fecha fija, pero no lo es la venida del Señor a nuestra vida y a nuestra muerte, a la vida y al final de la Iglesia. Tenemos «plenos poderes» sobre los bienes que Dios ha puesto sobre la tierra, a cada uno se le ha encomendado su tarea. Al portero, que debe estar pendiente de la venida del dueño y además debe velar para que los criados de la casa no abandonen su trabajo -en este portero se puede ver tanto la imagen de la Iglesia como la de cada cristiano-, se le ha encomendado la tarea especial de la vigilancia. Mediante este personaje se interpela en realidad a todos los cristianos: «Lo digo a todos: ¡Velad!». La tarea que se nos ha encomendado debe llevarse a cabo; pero no se trata de nuestros propios bienes, sino de los bienes del Señor. Hagamos lo que hagamos, ya estemos realizando un trabajo espiritual o un trabajo temporal, no trabajamos para nosotros mismos, sino para él: no construimos nuestro reino, sino su reino.

En la segunda lectura se dice que hemos sido perfectamente equipados para ese trabajo por el Señor, con «los dones de la gracia» que Dios nos ha dado para que podamos llevarlo a cabo en ese tiempo intermedio durante el que aguardamos «la manifestación de nuestro Señor Jesucristo». Pero nosotros no esperamos esa manifestación del Señor en la ociosidad, sino que trabajamos activamente, pues el don que se nos ha dado no es para esperar ociosamente sino para actuar, para traducirlo en obras. El don se nos ha dado gratuitamente, en Cristo Jesús hemos sido «enriquecidos en todo»: el don del «saber», el del «testimonio», el don de la palabra (el «hablar») se nos han dado para que produzcan el fruto que de ellos se espera. Pero Dios tampoco se limita a mirar ociosamente cómo trabajamos, sino que colabora activamente en nuestro trabajo «manteniéndonos firmes» en los momentos de inseguridad y de cansancio. Su ayuda nunca nos falta cuando nos aplicamos diligentemente al trabajo que nos ha sido encomendado. ¿Pero es éste nuestro caso? ¿Empleamos realmente nuestro tiempo, lleno de ocupaciones y de negocios, en trabajar en pro de la causa que Dios nos ha confiado o tenemos que entonar un mea culpa (como el profeta en la primera lectura), un lamento que debe resonar muy especialmente ahora, al comienzo del Año Litúrgico?

«¿Por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro corazón para que no te tema?». Se trata claramente de un lamento dirigido a Dios, no de una acusación contra Dios; porque ciertamente por Dios no queda, ya que es «nuestro redentor» desde siempre. Todos nosotros somos los que desde siempre «éramos impuros». Estamos tan perdidos en nuestros intereses mundanos que «nadie invoca tu nombre ni se esfuerza por aferrarse a ti». Por eso no se puede culpar a Dios de habernos entregado al poder de la lógica, «al poder de nuestra culpa». Somos conscientes de nuestras propias culpas, «toda nuestra justicia» y todo nuestro maravilloso y peligroso progreso es «como un paño manchado», el presunto florecimiento de nuestra cultura es como «follaje marchito, arrebatado por el viento». Por eso a los que aún conocen a Dios y son sabedores de su fidelidad sólo les queda gritar: «¡ojalá rasgases los cielos y bajases!». Piensa que a pesar de nuestra ingratitud «somos todos obra de tu mano», la arcilla que Tú como «alfarero» siempre puedes remodelar.