Comentario al evangelio dominical


Oscar Fuentes Reynaga.- 

Hombre de poca fe, ¿Por qué has dudado?”

La narración nocturna y tempestuosa del evangelio del día de hoy recalca el esquema de las apariciones pascuales: “Soy yo, no tengan miedo” es la expresión típica del resucitado a sus discípulos. Pedro en dos ocasiones, dirigiéndose a Jesús, lo invoca con el título de la fe pascual. “Kyrie”; (los fieles presentes en la barca, que tiene el valor de símbolo eclesial) “se postran en la adoración del Señor resucitado”: “Tú eres, verdaderamente, el Hijo de Dios” (Mt. 27,54). El pasaje de evangelio, por tanto, viene a ser una aparición del Señor resucitado a los apóstoles y a la Iglesia primitiva que sufría persecuciones y la fe mermaba (“hombres de poca fe”). La ayuda misericordiosa y la intervención del Señor son indispensable para salvar a la comunidad en crisis y en búsqueda; representa también para Pedro, una educación en la fe, pues al sumergirse, confiaba en  sus propias fuerzas, pero  se habían vuelto impotentes para salvarlo. La mano extendida de Pedro, no solo representa su salvación, sino también la nuestra.

El profeta Elías repitiendo el itinerario del pueblo de Israel, arriba al Horeb-Sianí donde debe encontrarse con el Señor. La fuga provocada por Jezabel se transforma en un itinerario hacia el descubrimiento del verdadero rostro de Dios. También el gran profeta tiene necesidad de ser educado en la fe, conocer a Dios en su genuina realidad simbolizado en la brisa suave. En la soledad de la montaña el profeta de fuego (Sir. 48,1) busca a Dios en el fuego intempestuoso que sacude los montes, en el fuego y en terremoto, es decir, según los esquemas personales y tradicionales donde se colocaban las apariciones divinas. Pero Dios no desea mostrarse ni ser conocido de esta manera al hombre; Dios aparece en la paz y en la tranquilidad de la brisa. Y Elías, cubriéndose el rostro, porque nadie puede ver el rostro de Dios y permanecer con vida (Ex. 33,20) conoce que el Señor es intimidad, simplicidad, paciente, dulce presencia, espíritu y vida.

La lectura de la carta a los Romanos entra hoy en una nueva sección, aquella dedica al misterio de Israel. San Pablo, que es racial y culturalmente hebreo, siente con pasión, con ansia y hasta con ternura el problema del destino de la nación electa. El texto pone en términos de conmoción la incredulidad de Israel. El “gran dolor”,  el “trabajo continuo” que Pablo tiene en el corazón (v. 2) por su misma estirpe según la carne lo lleva a pronunciar una paradójica autocondenación: desea personalmente ser separado de Cristo a favor de sus hermanos (v. 3). El parágrafo viene a ser un cántico a la grandeza del pueblo de Israel del cual, el apóstol presente su privilegio inestimable, “in crescendo”: adopción de hijos, gloria, alianza, legislación, culto, promesas y, sobretodo, el “Cristo según la carne”.