Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga

“Este es mi hijo amado, escúchenlo”

Al evangelio de la transfiguración le precede, como primera lectura, el relato del sacrifico  de Abraham. Con razón: pues la transfiguración del Señor será la demostración por parte de  Dios de lo que es realmente su «Hijo amado», que será «ofrecido en sacrificio» por los  hombres y para la salvación de los hombres. Para los judíos el sacrificio de Abrahán es el  momento culminante de su relación con Dios, y subrayan que se trata de un doble sacrificio: del padre, que toma el cuchillo para degollar a su hijo, y del hijo, que consiente en su  inmolación. Se suele decir que Abrahán es en esto sólo una prefiguración, pues en realidad  no tuvo que ofrecer el sacrificio, no le hizo falta sacrificar a Isaac. Pero quizá lo realizó ya en  su fuero interno, en su interior, en su corazón cuando tomó el cuchillo con la intención de  degollar a su hijo. Se trata en todo caso de algo extremo que Dios podía exigir del hombre  que permanece en su alianza como imitación de su propio designio con respecto a su Hijo.

Lo horrendo del caso no está sólo en la orden de matar al propio hijo -en las religiones  circundantes e, ilícitamente, también en Israel se practicaban sacrificios humanos-, sino en  que este hijo había sido dado expresamente por Dios mediante un milagro y estaba  destinado para garantizar con su persona el cumplimiento de las promesas divinas. Pero  Dios no se contradice a sí mismo cuando da esta orden. Y a pesar de esta contradicción  incomprensible para el hombre, éste debe obedecer, porque Dios es Dios.

La segunda lectura resuelve la aparente paradoja cuando dice que Dios se revela como  el que es esencialmente amor, como el que no se contradice cuando entrega a su divino  Hijo a la muerte real y precisamente así cumple la promesa de «dar todo» con él, es decir,  de conferir la vida eterna. Lo más grande no es aquí la obediencia unilateral del hombre  ante una orden incomprensible de Dios, sino la unidad de la obediencia del Hijo, que se  entrega a la muerte para la salvación de todos, y de la abnegación del Padre, que nos da  todo, sin ahorrar el sacrificio a su propio Hijo. Con ello Dios no solamente está con nosotros  (como el «Emmanuel» veterotestamentario), sino que intercede definitivamente «por  nosotros», sus elegidos. Y con ello no solamente nos ha dado algo grande, sino todo lo que  tiene y es. Ahora Dios está tan de nuestra parte que cualquier acusación (judicial) contra  nosotros pierde toda su fuerza. Nadie puede acusarnos ya ante el tribunal de Dios; el Hijo  entregado por Dios es un abogado tan irrefutable que toda acusación humana contra  nosotros enmudece.

A partir de aquí resulta comprensible (en el evangelio) en su verdadero sentido la luz  trinitaria que irradia desde el Hijo sobre la montaña. En modo alguno se trata de una  concentración en sí mismo (como en ciertos yoguis), sino de la esplendente verdad trinitaria  de la entrega total y absoluta, que muestra lo que el Padre entrega realmente y «ofrece en  sacrificio» por el mundo, lo que el nuevo Isaac consiente que suceda en sí, en pura  obediencia amorosa al Padre, lo que la nube deslumbrante «que los cubre» con su  espesura oculta en el misterio divino. El miedo y el balbuceo por parte de los hombres es la  consecuencia necesaria; pero también lo es la orden de no profanar con habladurías lo que  se ha contemplado. Todo se aclarará por sí sólo con la muerte y resurrección del Señor.