Comentario al evangelio dominical


Pbro. Oscar Fuentes Reynaga

“Si tú quieres, puedes curarme…”

Violando la rígida normal sacra del levítico de la primera lectura (13,1-2.45-46), Jesús entra en contacto con un leproso. Lo toca, participando de su triste condición. Con estos gestos se presenta como el auténtico portavoz de Dios, como la presencia misma del Señor que destruye toda falsa barrera legalista. Lo propio de Jesús es acercar el Reino de Dios a quien siente necesidad del mismo, mostrando compasión a quien sufre. El término original griego indica la participación en el sufrimiento de parte de Jesús que se “adhiere” viendo en la enfermedad un algo que contradice la primordial voluntad creadora de Dios que “no ha creado a la muerte y no quiere la ruina de los vivientes” (Sab. 1,22) la centralidad del anuncio que el Reino está por llegar permea todo el pasaje del evangelio. El milagro viene a ser el signo donde da comienzo el duelo de Jesús con las fuerzas del mal. Y la victoria que consigue es el símbolo que el momento de la salvación está ya presente, y para Satanás ha llegado el momento de la ruina.

En la primera lectura el libro de Job define la lepra como “el primogénito de la muerte”. De hecho, para el rabino el leproso era un muerto ambulante, tanto que, una eventual sanación habría suscitado el mismo efecto de una resurrección de la muerte. Esta enfermedad era la más grave forma de impureza física que le pudiera  suceder a una persona. Por esto, el sacerdote tenía la tarea de declararlo impuro (v. 2) y de excluirlo de la vida de la comunidad. Él venía así, privado de la posibilidad del culto, separado de la comunión de vida con Dios como está quien baja a la tumba. La tensión entre puro e impuro era de hecho similar, para el hebreo, como entre la vida y la muerte.

San Pablo, en la parte de primera carta a los Corintios dedicada a la “idolatría”, esto es, de la carne de los sacrificios paganos de comunión, que podían ser ofrecidas en alimento también al cristiano, invita a no buscar el propi interés, sino aquello otro. Solo así se construye una comunidad libre de laceraciones como, en cambio, no se refleja tristemente en la comunidad de Corinto. “Solo la caridad edifica” (8,1). Cierto, el primer principio del cristianismo es aquel de la libertad jubilosa porque cristo ha abatido toda barrera legalista. Pero sobre este puede tener preeminencia el principio de la caridad que se empeña en alejarse de los gestos en sí neutrales “para no escandalizar a los débiles” (v.28). La ley de Cristo es una radical y concreta elección por la vida. Por esto una acción en sí misma moral puede llegar a ser antievangélica concretamente al amor hacia los hermanos.