“Abelardo, una historia de vida”


Carlos Valdez Ramírez.- 

A nadie debe sorprenderle que la más reciente novela del escritor colimense, Francisco Vázquez Martínez, haya causado sorpresa, entusiasmo y regocijo entre todos sus lectores. Titulada: “Abelardo, una historia de vida”, esta nueva obra narrativa del autor que hoy comentamos, recibió los más cálidos calificativos en su primera presentación, ocurrida en la capital del estado, hace unos días.

Los intelectuales y periodistas que la analizaron hablaban de una obra sublime por la historia que se desarrolla en cada una de sus partes. Otro dijo que era la obra cumbre del autor, pues con 20 libros publicados, señaló que se trataba de un bello texto, lleno de valores, fundamentos básicos de la existencia y la sana convivencia entre las personas. Yo no pude estar presente en dicho evento literario, porque como ustedes saben, a esas horas andábamos en el velorio de otro gran ilustre colimense, recientemente fallecido, el licenciado Humberto Silva Ochoa. Lo que sé de la nueva obra de Francisco Vázquez se ha venido publicando en la prensa local y regional. Sus amigos escritores la han valorado con justeza, pues la describen como un texto dramático, capaz de provocar el llanto y la conmoción en sus lectores.

Motivado por tales comentarios, me di a la tarea de leer también esta nueva novela. La obra está conformada por 220 páginas. Se compone de 20 capítulos, que son: Abelardo, fui burrero, El patrón Chale, La Comanche, Una vivienda para mi familia, Mi padre ha muerto, Conocí a Gabriela, Mataron a Chale, Abelardo eliminado, El Contador, Soy el Jefe, Tiempo de justicia, Un regalito en diciembre, El Comandante, Retorno con mi esposa, Desconcierto, El último relato como Jefe, Nunca confíes, Me persigue la autoridad y Soy peregrino.

Fue impresa con recursos del autor, en Ciudad Guzmán. Contó con apoyos del Ayuntamiento de Colima para su primera presentación y me parece un acto de justicia institucional, pues los artistas colimenses le han dado prestigio y reconocimiento a nuestra entidad, en todos los niveles. Colima tiene buenos representantes en cada una de las bellas artes: Teatro, poesía, narrativa, danza, música, pintura, cine, fotografía y arquitectura. Créanme, no estoy exagerando, esta nueva novela de Francisco Vázquez será otra de las grandes representantes literarias de nuestra entidad.

¿Por qué digo esto? Porque la novela está bellamente escrita, con un lenguaje realista, sencillo, directo, lleno de figuras literarias y retóricas, con sorpresivas imágenes, cálidas descripciones y diálogos que nos conmueven el corazón. La novela nos cuenta la historia de vida de Abelardo: Un niño humilde que ve transcurrir su infancia y adolescencia en la mayor de las carencias económicas. Impulsado por un espíritu noble, se pone a trabajar desde pequeño para llevar dinero y alimento a su hogar, pues sus padres están muy ancianos y carecen de una protección social que dignifique su precaria existencia. Ni el Imss, ni el Issste, ni la Sedesol, han llegado a las puertas de su hogar.

Sumido en tan desesperante miseria o pobreza extrema, en la que viven 30 millones de mexicanos actualmente, el infante Abelardo recibe un golpe de suerte. Un malhechor acaba de robar a un rico empresario en la colonia donde vive. Lesiona al comerciante, pero el ladrón no se da cuenta que Abelardo observa todo. En un descuido, el hambriento Abelardo se convierte en atacante, daña al ladrón, lo deja tirado en el piso y huye. Cuando la policía llega al sitio, declara culpable al ladrón, pues lo han encontrado con las evidencias, además que los vecinos lo golpearon y evitaron que huyera. El pobre hombre va a dar a la cárcel y Abelardo decide ayudar a sus padres.

Con el dinero de aquel robo compra las caras medicinas que ocupaban sus progenitores, pero no puede evitar que muera la madre. Conmocionado por tan fatídico accidente y ante la indolencia de las autoridades de la llamada beneficencia social, Abelardo da un sorpresivo giro a su existencia. Huye de la casa, después de darles todo el dinero mal obtenido y decide ingresar a la delincuencia organizada. Poco a poco va escalando los más pequeños peldaños del narcotráfico y el crimen. Su preparación física, su lealtad e inteligencia, lo convierten en uno de los mejores guardaespaldas de todo el país.

Los matones, padrinos y poderosos sicarios del hampa quisieran tener sus servicios, pero solamente obedece a su primer Jefe. Lo ponen a prueba para quebrar su lealtad, pero él siempre sale triunfante.

En pocos años acumula una inmensa fortuna, un gran poder y formidable arsenal bélico. Pero como sucede en todas las organizaciones criminales, vienen las rupturas, las traiciones, la corrupción y las deslealtades. La mafia se acribilla a sí misma y poco a poco ve mermada su fuerza delictiva. Para ese momento, Abelardo se hacía pasar ante sus familiares como eminente empresario. Se había casado con una linda muchacha de provincia y había financiado los estudios profesionales de sus hermanos. Su padre tenía lo mejor y los antiguos amigos del barrio gozaban de sus generosos favores.

Era, paradójicamente, un filántropo, un hombre solidario con las causas más nobles de los necesitados, pero todos estos actos, que mantenía a la vista de la sociedad, escondían el lado más cruel de una personalidad metida en el bajo mundo de los negocios ilícitos.

¡Qué contrariedad, sin duda alguna!, pero no olvidemos que estos hechos ocurren donde menos pensamos. Recordemos que en Coquimatlán tuvimos a un “Cochiloco”, que también engañó con sus bondadosos gestos a distinguidos políticos colimenses y destacados artistas. Por eso, Abelardo, protagonista de esta novela, nunca pudo ser descubierto en su doble personalidad. Sin embargo, los conflictos al interior del crimen organizado siguieron y Abelardo sufrió las traiciones de sus jefes y subalternos.

El caos reinó en el grupo y se dividieron en células criminales, las cuales provocaron muchas muertes y desgracias humanas. Abelardo tuvo que huir, herido en el alma y la conciencia, porque no deseaba que sus seres queridos se enteraran de los pormenores ni sufrieran daños por su pasado tan violento. Recordó su tierna infancia, imploró ayuda de su querida madre y al mismo Dios Todopoderoso. Renegó de su abundante riqueza, obtenida con la sangre de los demás, y deseaba volver a la humildad de sus primeros años, pero con la tranquilidad de no sentirse perseguido.

Esta primera conversión se nota en la página 166, donde el personaje central, Abelardo, dice:

“Amigos, sé que muchos están cansados de estas andanzas. Que quieren paz en su persona y reunirse con su familia. A cada uno de ustedes se les dio una propiedad en la colonia donde construyó La Organización. Quiero que olviden su forma de vivir actual y sean felices. Al administrador, le di instrucciones para que se les dé una fuerte cantidad de dinero. Para que realicen un negocio y les permita vivir bien. Marcelino será el dueño del rancho. Quien quiera contratarse, hable con él, pero les advierto: Esto se acabó. Quien quiera un tráiler, que se apunte. Se le dará la factura y será menos la cantidad que se les otorgue. Quiero despedirme de ustedes. De aquí en adelante nadie es Jefe de Jefes. Tampoco habrá Jefe. Todos somos amigos y La Organización desaparece. Dios los bendiga”.

La novela nos cuenta que Abelardo lloró, imploró el perdón celestial y se arrepintió. Un golpe de suerte lo llevó a la región de Comala, desde donde inició una peregrinación religiosa, disfrazado de humilde jornalero, conviviendo con los demás creyentes que lo impactaron por su inconmensurable Fe, su don de gente y animosos de compartir con los demás los escasos alimentos que llevaban.

Abelardo no daba crédito a la gentilidad y bondad de aquellos peregrinos, que sin tener nada, lo entregaban todo. El mismo recibió estas muestras de apoyo cuando le compartían sus alimentos y cobijas. Poco a poco el ejército de fieles católicos subió los cerros de Comala para dirigirse a los peñascos de la Sierra Madre Occidental, llevándolos por regiones agrestes del sur de Jalisco. En ocasiones llenas de verdes prados, transparentes arroyos, pero en otras, por duros y secos matorrales. Ayudó a los heridos y a los más cansados.

Como nadie sabía de su pasado agresivo, en cierta ocasión que iban a ser asaltados por unos maleantes del camino, Abelardo los sometió rápidamente, él solo, recordando su antigua destreza física y capacitación militar. Llegaron a Talpa después de numerosas penurias, pero con el corazón hinchado de fervor. Todos esos días, rodeado de místicos peregrinos, hombres creyentes y arrepentidos, más las impactantes escenas religiosas vistas en el trayecto, cambiaron rotundamente el carácter y la personalidad de Abelardo.

Volvió a llorar, como nunca lo había hecho, y decidió cambiar, positivamente, para el resto de sus días. Regresó de la peregrinación completamente diferente y se fue a vivir a la costa, en una playa que ni siquiera el autor puede mencionar en su memoria, pero que intuimos dónde se encuentra, por las descripciones que hace el otro personaje protagonista de la novela, quien se presenta como interlocutor de Abelardo.

Esta segunda voz del relato es la que nos orienta en todo el argumento y nos va dando las pistas de su desenlace. Un truco inteligente del autor, pues así nos mantiene en el suspenso y la vigilia. Una técnica literaria que nos permite apreciar el bellísimo final de la obra, donde el amor y la caridad esperan al personaje central, pues Abelardo decide retornar a la vida tranquila del noble ciudadano, al lado de su esposa y su hijo.

Podría contarles otros detalles del final de la novela, pero mejor se los dejo a su imaginación, para que compren el libro y lo disfruten en su casa. Pero también les quiero advertir que no se dejen llevar por el tema, ya que no se trata de una obra más, ligada a los truculentos mensajes del narcotráfico, un cáncer terrible que enfrentamos todos los países del mundo. Este flagelo ha desgarrado las estructuras de la sana convivencia, como lo podemos ver en las notas informativas de todos los periódicos, o en los canales de televisión.

Los escritores colimenses no son ajenos a este asunto y así lo han dejado ver en algunas de sus obras. Tenemos, por ejemplo, la novela “Conducir un tráiler”, publicada por la editorial española Mondadori, del conocido prosista y poeta Rogelio Guedea Noriega, cuyo personaje central tiene que huir al norte del país para salvar su vida, después de que descubrió cómo su hermano, agente del Ministerio Público, había sido asesinado por sicarios incrustados en las altas esferas del poder.

En el mismo tenor está la novela “A la deriva”, publicada por la Editorial Praxis. Obra del poeta y escritor César Anguiano Silva, originario de Alcaraces, población del municipio de Cuauhtémoc. Una obra donde el narcotráfico y la violencia exterminan a una familia completa, que se disgrega por Estados Unidos, Manzanillo y el Caribe. Precisamente, los personajes de esta novela quedan “a la deriva”, confundidos y dispersos por las secuelas de una violencia armada que nos atosiga todos los días, en cada rincón del planeta y en nuestra propia nación.

Un panorama alarmante que vemos en varias obras cortas de teatro, de la actriz y dramaturga, Magda Escareño Torres, contenidas en su libro “Diez años tras la palabra dramática”, impresa por Nerfe Editores. Ustedes, querido público, como agudos lectores de esta temática, recordarán otras obras literarias como “La fiesta del Chivo”, “La Reina del Sur”, “Pasto verde”… sin olvidar las numerosas películas y los sorpresivos narcocorridos que alimentaron la imaginería popular durante varios años.

¿Recuerdan aquella melodía? Me parece que iba así: “Salieron de San Isidro/ procedentes de Tijuana/ traían las llantas del carro/ repletas de yerba mala/ eran Emilio Varela y Camelia La Tejana…”

Bueno, yo no soy un cantante profesional. Ya se dieron cuenta por mis tonos desequilibrados, pero como periodista al servicio del pueblo, he testificado en mi diario EL NOTICIERO el decomiso que se hace, cotidianamente, de los numerosos cargamentos de metanfetaminas y precursores químicos aquí cerquita de nosotros. Me refiero al Puerto Interior de Manzanillo, hoy bajo resguardo de la Marina y la Armada de México, con el fin de impedir este nefasto comercio que denigra nuestra condición humana.

Ojalá que todos los sicarios metidos a este sucio negocio, se arrepientan, como lo hizo el personaje de Abelardo, quien nos da un valiente ejemplo de conversión espiritual, en beneficio de los otros. Hay que decirle a nuestras autoridades que esta nueva novela debe llegar a las manos de los malhechores, para que se conviertan y nos ayuden en el crecimiento armónico de nuestros pueblos. Que no haya más casos como los recientes de Michoacán, los de Tamaulipas, o los de otras regiones, porque nos estamos enfrentando mexicanos contra mexicanos, con armas provenientes del extranjero.

Te felicito, Francisco Vázquez, por tu valiente y positivo mensaje puesto en esta nueva novela, que nos hará reflexionar profundamente como ciudadanos implícitos en dicho problema. Y es que, como tú lo dices en el texto, no debemos agachar la cabeza ni ser como el avestruz, porque los hechos malignos podrían impactarnos más de lo que esperamos.

Debemos unirnos como sociedad, padres de familia, maestros, sector salud, seguridad, campesinos, industriales, comerciantes, deportistas, gente de la cultura y el arte. Estamos a tiempo de unirnos y vencer al flagelo que todos conocemos, de lo contrario, separados y escondidos, iremos perdiendo la batalla lentamente.

Muchas gracias por su atención y felicito nuevamente al autor, por tan magnífica obra narrativa y tan bello mensaje escondido en sus personajes, sorpresivos y perfectamente delineados.